Cuando aquella noche de julio, casi al filo de la madrugada, un albaceteño chiquitín de nombre Andrés y de apellido Iniesta empujó al fondo de la red del Soccer City aquel balón con la ayuda de millones de aficionados, todos nosotros olvidamos durante horas, días, nuestras diferencias. Fuimos uno con la Selección. Daba lo mismo ser del Madrid o del Barcelona, del Atlético o del Athletic, incluso si te gustaba el fútbol o no.
Aquella noche el deporte rey unió. Evidentemente no solucionó de golpe el problema del paro, de la economía o de la corrupción, pero nos hizo a todos remar hacia un mismo lado. Creó en España una nueva filosofía que no se impartía en las escuelas. Del Bosque y su equipo técnico y deportivo nos habían enseñado una valiosa lección que combinaba afán de superación, creencia en uno mismo y espíritu de equipo. Y alguien en el Gimnástico lo sabía.
Los resultados y el juego no estaban siendo del todo buenos en los últimos tiempos. Se había empatado en Sonseca y casi dando gracias mostrando una imagen poco propia de la calidad de este conjunto humano. En la anterior salida, el Mora cortó las alas del Gimnástico de cuatro escopetazos inapelables. Había que volver a creer en las posibilidades de ganar a cualquiera.
La práctica totalidad de la plantilla contempló atentamente el Informe Robinson que los técnicos del Gimnástico habían elegido para amenizar el viaje de ida a Cebolla. El día se presentaba feo y se alternaban tramos de lluvias torrenciales con etapas de tregua y tímidos rayos de sol. Así conocimos la historia de Andresito, un joven de pueblo que se había pasado casi todo un año en blanco por las lesiones, pero que nunca se rindió, y con la ayuda de sus fisioterapeutas y la camaradería de sus compañeros salió adelante. El resto es historia, y es imposible que no se pongan los pelos de punta recordando aquel gol que queda ya a casi medio año. Y algo cambió en el Gimnástico. Se veía otro cariz en el campo.
Al igual que España ante los Países Bajos, el conjunto de Cosín no conseguía perforar la portería de su rival. Entradas y choques se sucedían sobre el mojado césped mientras la lluvia aparecía caprichosamente, a veces más fuerte, a veces menos. El gol se intuía, pero no llegaba. Los minutos pasaban. Y "el cojo" apareció.
Juanvi reunió en su sola persona dos de las cualidades más admirables y recientemente vistas sobre un campo de fútbol. Conjugó una mezcla mágica entre el "gol del cojo" y la anotación de Iniesta en Sudáfrica. El bueno de Juanvi estaba cosido a patadas a estas alturas del partido, y de igual manera que el manchego de moda, acababa de salir de un largo periodo de baja, pero no se vino abajo. Y no se le ocurrió otra manera de responder que dejar botar un balón de Luis Cuesta un metro por detrás del último defensor y empalmar el esférico donde Julio César ya no podía blocar por completo. La última torre del Torpedo rozó el balón, pero tuvo que resignarse a caer de una vez por todas. José Luis dio carpetazo al partido con una vaselina maravillosa: en esta ocasión, a la torre no le sirvió de nada su altura. Un gol muy propio de Raúl para un conjunto humano hoy devoto del planteamiento de "la Roja".
Y el documental funcionó. Manuel, Rosado, Ángel, Asturbino... Todos coincidían en el buen hacer del Gimnástico, hoy sí. El equipo había dado la cara en un partido clave, contra la lluvia, en un campo estrechísimo y haciendo frente incluso a la baja de Huertas en el primer tiempo. Al fin las risas y el optimismo volvieron al autobús del Gimnástico. Ni siquiera el aguacero que nos acompañó desde la salida del campo hasta el vehículo nos podían quitar esa sensación de haber visto cosas bien hechas y deseando que sigan así por mucho tiempo. Con esta inspiración, era difícil fallar.
Aquella noche el deporte rey unió. Evidentemente no solucionó de golpe el problema del paro, de la economía o de la corrupción, pero nos hizo a todos remar hacia un mismo lado. Creó en España una nueva filosofía que no se impartía en las escuelas. Del Bosque y su equipo técnico y deportivo nos habían enseñado una valiosa lección que combinaba afán de superación, creencia en uno mismo y espíritu de equipo. Y alguien en el Gimnástico lo sabía.
Los resultados y el juego no estaban siendo del todo buenos en los últimos tiempos. Se había empatado en Sonseca y casi dando gracias mostrando una imagen poco propia de la calidad de este conjunto humano. En la anterior salida, el Mora cortó las alas del Gimnástico de cuatro escopetazos inapelables. Había que volver a creer en las posibilidades de ganar a cualquiera.
La práctica totalidad de la plantilla contempló atentamente el Informe Robinson que los técnicos del Gimnástico habían elegido para amenizar el viaje de ida a Cebolla. El día se presentaba feo y se alternaban tramos de lluvias torrenciales con etapas de tregua y tímidos rayos de sol. Así conocimos la historia de Andresito, un joven de pueblo que se había pasado casi todo un año en blanco por las lesiones, pero que nunca se rindió, y con la ayuda de sus fisioterapeutas y la camaradería de sus compañeros salió adelante. El resto es historia, y es imposible que no se pongan los pelos de punta recordando aquel gol que queda ya a casi medio año. Y algo cambió en el Gimnástico. Se veía otro cariz en el campo.
Al igual que España ante los Países Bajos, el conjunto de Cosín no conseguía perforar la portería de su rival. Entradas y choques se sucedían sobre el mojado césped mientras la lluvia aparecía caprichosamente, a veces más fuerte, a veces menos. El gol se intuía, pero no llegaba. Los minutos pasaban. Y "el cojo" apareció.
Juanvi reunió en su sola persona dos de las cualidades más admirables y recientemente vistas sobre un campo de fútbol. Conjugó una mezcla mágica entre el "gol del cojo" y la anotación de Iniesta en Sudáfrica. El bueno de Juanvi estaba cosido a patadas a estas alturas del partido, y de igual manera que el manchego de moda, acababa de salir de un largo periodo de baja, pero no se vino abajo. Y no se le ocurrió otra manera de responder que dejar botar un balón de Luis Cuesta un metro por detrás del último defensor y empalmar el esférico donde Julio César ya no podía blocar por completo. La última torre del Torpedo rozó el balón, pero tuvo que resignarse a caer de una vez por todas. José Luis dio carpetazo al partido con una vaselina maravillosa: en esta ocasión, a la torre no le sirvió de nada su altura. Un gol muy propio de Raúl para un conjunto humano hoy devoto del planteamiento de "la Roja".
Y el documental funcionó. Manuel, Rosado, Ángel, Asturbino... Todos coincidían en el buen hacer del Gimnástico, hoy sí. El equipo había dado la cara en un partido clave, contra la lluvia, en un campo estrechísimo y haciendo frente incluso a la baja de Huertas en el primer tiempo. Al fin las risas y el optimismo volvieron al autobús del Gimnástico. Ni siquiera el aguacero que nos acompañó desde la salida del campo hasta el vehículo nos podían quitar esa sensación de haber visto cosas bien hechas y deseando que sigan así por mucho tiempo. Con esta inspiración, era difícil fallar.